Cartas del Director: "La pared de blanco liso, otra vez"

May 19

La pared de blanco liso, otra vez

Hay una escena que se repite demasiado en interiorismo. Demasiado.

Entras en un proyecto supuestamente pensado, medido, conceptualizado, bendecido por no sé cuántas referencias japonesas, nórdicas o monásticas… y ahí está.

La pared blanca lisa.

Otra vez.

Blanca, lisa, perfecta, muda, obediente. Como si en el mundo no existieran más materiales. Como si todos los espacios fueran galerías de arte contemporáneo en las que nadie vive, nadie toca, nadie apoya una mochila, nadie arrastra una silla y ningún niño aparece con las manos llenas de chocolate después de merendar.

Y yo, qué quieres que te diga, empiezo a estar un poco cansado.

No del blanco, cuidado. El blanco no tiene la culpa. El blanco puede ser maravilloso. Puede ser luminoso, sereno, elegante, incluso emocionante si está bien trabajado. El problema no es el blanco.

El problema es usarlo porque no se te ocurre otra cosa.

Porque ahí ya no estamos hablando de diseño. Estamos hablando de rendición.

Pintar de blanco no es proyectar

Yo siempre les digo a mis alumnos una cosa bastante clara: nadie te va a pagar miles de euros por un proyecto de interiorismo para que resuelvas todos los paramentos con pintura blanca lisa.

Eso ya lo sabe hacer cualquiera.

Y lo digo con cariño, pero también con cierta mala leche pedagógica, que a veces viene muy bien.

Si tu respuesta sistemática ante cualquier pared es “blanco mate”, igual no estás diseñando. Igual estás evitando tomar decisiones. Y un diseñador que no toma decisiones es un problema bastante serio. Muy educado, muy minimalista, muy vestido de negro, si quieres, pero un problema.

Porque el mercado está lleno de posibilidades. Miles. Millones, si me apuras. Revestimientos minerales, panelados de madera, papeles vinílicos, porcelánicos de gran formato, morteros decorativos, pinturas de cal, textiles murales, superficies acústicas, frisos, molduras, lacados, microcementos, estucos, papeles pintados maravillosos, revestimientos técnicos lavables, zócalos resistentes…

Y tú, con todo eso delante, vuelves al cubo de pintura blanca.

Hombre, por favor.

Diseñar no es posar para la foto

Hay una arquitectura, y también un interiorismo, que se diseña para la foto. Para el render. Para el premio. Para el ego.

Espacios impecables, silenciosos, blancos, casi sacramentales, donde parece que la vida real no ha sido invitada. Arquitecturas diseñadas por técnicos para su mayor gloria, no para esa gente imperfecta que vive, roza, mancha, apoya, golpea, improvisa y, en general, tiene la mala costumbre de existir.

Porque claro, en la foto todo funciona.

La pared blanca está perfecta. El sofá no se usa. La mesa no tiene migas. Los niños no han llegado del colegio. El perro no se ha sacudido junto al arranque del pasillo. Nadie ha pasado con la compra rozando la esquina. Nadie ha apoyado la bicicleta. Nadie ha dejado una marca de zapato a 35 centímetros del suelo.

Pero una casa no se diseña para el día que se entrega.

Se diseña para seis meses después.

Para dos años después.

Para cuando la pintura blanca de la zona baja de las paredes ya no es blanca, sino una especie de mapa abstracto de la vida doméstica. Muy expresivo, sí. Pero no precisamente sofisticado.

La franja de los 90 centímetros

Si quieres saber si un material funciona en una vivienda, no mires la pared a la altura de los ojos. Mira la franja baja.

Esa zona que va desde el suelo hasta unos 90 centímetros de altura. Ahí está la verdad. Ahí viven los roces, las manos, las mochilas, los carritos, las sillas, los juguetes, los zapatos, los perros, los niños y todos los pequeños accidentes cotidianos que no salen en las revistas, pero sí en las casas.

Esa franja es la prueba del algodón del interiorismo.

Y ahí, muchas pinturas blancas fracasan estrepitosamente.

No porque estén mal aplicadas. No porque el pintor sea malo. Fracasan porque no eran el material adecuado para ese uso.

En una vivienda con niños, mascotas o simplemente personas normales —que ya es bastante agresivo para una pared—, la pintura blanca lisa en zonas de alto tránsito puede ser una mala decisión. Limpias una vez, limpias dos, retocas tres, y al final tienes una pared con más parches que un barco pirata.

Y entonces alguien dice: “Es que la casa se ensucia”.

No. La casa se vive.

Que no es lo mismo.

El blanco también puede tener materia

Incluso si quieres una casa blanca, que me parece perfectamente legítimo, hay muchas formas de hacerlo sin caer en la tristeza de la pintura lisa y frágil.

Puedes trabajar con paneles lacados blancos en zonas de roce. Con zócalos altos de madera pintada o DM hidrófugo lacado. Con porcelánicos blancos de gran formato en áreas expuestas. Con revestimientos vinílicos lavables. Con papeles técnicos. Con pinturas minerales que tengan textura. Con cal, con microcemento blanco, con morteros decorativos, con superficies satinadas o con revestimientos continuos más resistentes.

El blanco no tiene por qué ser una ausencia.

Puede ser materia. Puede tener profundidad, textura, brillo, sombra, tacto. Puede ser cálido o frío, mate o satinado, liso o vibrante, artesanal o técnico.

Pero para eso hay que saber.

Y aquí viene la parte incómoda: por muy titulado superior que seas, si no sabes, no sabes.

No pasa nada. Nos pasa a todos. A mí me sigue pasando. La diferencia está en si tienes la humildad de darte cuenta y seguir aprendiendo.

La humildad de diseñar para otros

Un buen interiorista no diseña para demostrar lo listo que es.

Diseña para mejorar la vida de alguien.

Y eso implica escuchar, observar, anticipar problemas, entender hábitos, asumir imperfecciones. Diseñar para personas reales, no para una idea abstracta de usuario impecable que vive descalzo, no cocina con aceite, no tiene hijos, no tiene perro, no tiene prisa y jamás se apoya en una pared.

Ese usuario no existe.

Existe la madre que entra cargada con bolsas y roza el pasillo.

Existe el niño que toca la pared después de merendar.

Existe el adolescente que apoya la bici donde no debe.

Existe el perro que deja marca donde le apetece.

Existe el cliente que no quiere estar llamando al pintor cada seis meses.

Y tú trabajas para ellos.

No para tu portfolio.

Bueno, un poquito para tu portfolio también, no nos engañemos. Todos tenemos nuestro corazoncito. Pero primero para ellos.

Formarse no es acumular títulos

A veces confundimos formación con título. Y no es lo mismo.

Un título te puede abrir una puerta. Pero la profesión te la enseña la realidad. Las obras, los clientes, los errores, los proveedores, los materiales que prometían mucho y envejecieron fatal, las soluciones que parecían humildes y resultaron brillantísimas.

Por eso hay que seguir formándose siempre. No desde el ego académico, sino desde la curiosidad profesional.
Hay que tocar materiales. Visitar showrooms. Preguntar a fabricantes. Escuchar a instaladores. Ver cómo envejecen las cosas. Entender qué se limpia bien y qué no. Saber qué pasa con una pared cuando hay humedad, grasa, roce, sol directo, niños, mascotas o simplemente vida.

Eso no se aprende escondido en una biblioteca oscura, por muy noble que sea la biblioteca y por muy estupenda que sea la lámpara verde del escritorio.

Se aprende con profesionales que están todos los días en contacto con la gente, con los proyectos y con la obra real.

Con los que saben que una decisión estética sin mantenimiento detrás es una trampa.

Muy bonita, pero trampa.

No todo tiene que gritar

Tampoco estoy diciendo que todas las paredes tengan que convertirse en un festival de materiales.

No hace falta empapelar el techo, panelar tres paredes, meter listones, mármol, molduras, barro cocido y una iluminación rasante como si estuviéramos inaugurando un hotel boutique en Kioto.

A veces una pared blanca es la mejor decisión.

Pero tiene que ser una decisión, no una escapatoria.

El buen diseño no consiste en llenar. Consiste en elegir. Y elegir también cuándo callar. Pero para callar con elegancia hay que saber hablar primero.

Una pared blanca puede ser un silencio precioso.

Pero si todo tu proyecto es silencio, igual no es calma. Igual es falta de discurso.

La pregunta que deberías hacerte

Antes de pintar una pared de blanco, pregúntate:

¿La pinto de blanco porque es lo que necesita el proyecto o porque no sé qué hacer con ella?

La diferencia es enorme.

Si el blanco responde a la luz, a la arquitectura, al concepto, al equilibrio material del conjunto, adelante. Bendito blanco.

Pero si el blanco aparece porque no has investigado alternativas, porque tienes miedo al color, porque no conoces materiales, porque no quieres complicarte o porque confundes minimalismo con vacío… entonces párate.

Vuelve a mirar.

Piensa en quién va a vivir ahí.

Piensa en cómo se va a usar ese espacio.

Piensa en qué parte se va a rozar, qué parte se va a tocar, qué parte va a sufrir.

Piensa en la vida real.

Esa asignatura no siempre se enseña lo suficiente, pero es la más importante.

En resumen

Pintar todo de blanco puede ser una decisión magnífica.

O puede ser una pereza disfrazada de elegancia.

La diferencia está en el criterio.

Y el criterio se entrena. Se estudia. Se practica. Se equivoca. Se corrige. Se pule. Se aprende mirando materiales, escuchando a profesionales y entendiendo que diseñar no es imponer una idea bonita, sino construir una respuesta útil, sensible y duradera para alguien que va a vivir ahí.

Así que la próxima vez que vayas a resolver una pared con blanco liso, hazlo si de verdad toca.

Pero no lo hagas porque no se te ocurre nada más.

Porque entonces la pared no estará vacía.

Estará delatándote.

Carlos Rubio Orea.

Director de Insenia Design School Madrid
Interiorista desde 1998